Mientras los titulares se llenan de guerras comerciales, la sombra de una recesión acecha y los bancos centrales del mundo acumulan lingotes como si no hubiera mañana, el oro ha vuelto a ser protagonista. En marzo de 2025, la onza superó por primera vez los 3.000 dólares, y solo unas semanas después, rompió la barrera de los 3.500. Una revalorización del 30% en lo que va de año, que ha disparado no solo el valor del oro, sino también el de las compañías mineras vinculadas al metal precioso.
La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca ha sacudido las bases del comercio global, encendiendo la chispa de nuevas guerras arancelarias y tensiones con China. A esto se suma el temor a la destitución de Jerome Powell al frente de la Reserva Federal, que ha provocado una estampida de capitales desde los activos tradicionales hacia el refugio seguro del oro.

Pero, ¿qué tiene que ver Extremadura en todo esto? Mucho más de lo que parece.
Extremadura, una tierra históricamente marcada por la agricultura y la ganadería, podría estar sentada sobre un filón dorado. No es una metáfora. A día de hoy, más de 30 permisos de investigación para oro y plata están vigentes o en trámite en la región. Municipios como Alconchel, Jerez de los Caballeros, Villanueva del Fresno, Bodonal de la Sierra o La Codosera —donde ya los romanos sacaban oro— están en el punto de mira de las empresas mineras.
Francisco Fernández de la Llave, delegado en Extremadura del Colegio Oficial de Geólogos, lo resume así: “Por su ubicación geológica, Extremadura tiene mucho interés metalogenético”, lo que explica no solo el oro, sino también el wolframio, el estaño o el zinc que alberga su subsuelo. Pero el momento actual —con los precios por las nubes— hace que incluso yacimientos antes descartados puedan ahora ser rentables.
No es que falten indicios. En varias zonas del suroeste extremeño, las formaciones de cuarzo y pizarras paleozoicas muestran concentraciones de oro, aunque la mayoría siguen en categoría de "indicio", es decir, todavía no se ha demostrado que haya una masa explotable suficiente.
Y aquí entra el otro gran factor: la concentración. Para que una mina sea viable económicamente, no basta con que haya oro. Tiene que haberlo en cantidad suficiente. Hoy, las empresas manejan un umbral de rentabilidad en torno a 1,5 gramos por tonelada de roca. En algunas prospecciones extremeñas recientes, los valores han alcanzado los 3 gramos por tonelada, lo que despierta interés, pero requiere estudios mucho más profundos.
La legislación minera establece tres niveles para estos permisos: exploración (muy superficial), investigación (con sondeos y catas más intrusivas) y, finalmente, explotación. Ahora mismo, la mayoría de los permisos en Extremadura están en la fase de investigación. Una docena de ellos pertenecen a Atalaya Ossa Morena, un proyecto con sede en Reino Unido e Irlanda que explora también cobre y se distribuye por el Cinturón Metalogénico de Ossa Morena, una de las grandes estructuras geológicas del suroeste peninsular.
Los números hablan solos. Una explotación mediana podría generar entre 300 y 500 empleos directos, además de los indirectos en transporte, logística, hostelería y servicios. En una región con zonas muy afectadas por el desempleo, esto sería un revulsivo económico.
A nivel de inversión, el impacto sería notable. Solo la fase de exploración puede movilizar decenas de millones de euros, mientras que una explotación a gran escala puede superar los 100 millones. Como ejemplo, el proyecto aurífero de Salave en Asturias tiene estimada una inversión inicial de más de 110 millones de euros.
Pero el oro no brilla igual para todos. La minería, incluso con las técnicas actuales, altera el paisaje, consume agua y plantea retos medioambientales serios. El debate entre desarrollo y sostenibilidad está sobre la mesa. ¿Es compatible la minería aurífera con una Extremadura que también apuesta por el turismo rural, las energías renovables y la conservación de sus espacios naturales?
Por ahora, Extremadura observa cómo el precio del oro sigue escalando. Mientras, bajo sus dehesas, la fiebre del oro bulle en silencio. La historia, que ya se escribió en tiempos romanos, podría volver a repetirse.
En un mundo que tiembla con cada movimiento geopolítico, el oro se reafirma como ese viejo refugio que nunca pasa de moda. Mientras las bolsas fluctúan y los bancos centrales recalculan sus estrategias ante guerras, inflación y tensiones con China o Rusia, el precio del oro ha alcanzado máximos históricos, rozando los 2.400 dólares por onza. Un metal que no se come ni se produce, pero que sigue siendo símbolo de estabilidad y riqueza.
Y entre los ecos dorados que resuenan desde Sudáfrica o Canadá, hay un murmullo que crece desde el suroeste peninsular: Extremadura. Una tierra de dehesas, embalses y pueblos silenciosos, donde bajo el polvo seco y las jaras podría esconderse un tesoro milenario.

No es nuevo que Extremadura tenga oro. Ya en tiempos romanos, las minas de Las Cañaveras (Cáceres) y Sierra de San Pedro eran explotadas para extraer metales preciosos. Quedan vestigios de canales, galerías y sistemas de bateo que demuestran que el oro fluía entonces como promesa imperial. Incluso en el siglo XX se intentó retomar esa vocación minera, aunque sin el respaldo técnico ni económico de hoy.
La respuesta es múltiple: el precio del oro, por supuesto, es una razón. Pero hay más. Extremadura, tradicionalmente una de las regiones con menor desarrollo industrial de España, ha buscado en los últimos años nuevas formas de dinamizar su economía. Y la minería —con el litio como protagonista en Cáceres y ahora el oro como aspirante en Badajoz— se ha convertido en un campo estratégico.
Además, existe una coyuntura internacional que favorece la exploración minera: la Unión Europea busca reducir su dependencia de materias primas estratégicas provenientes de países inestables o competidores geopolíticos. Eso convierte a cualquier yacimiento europeo en una oportunidad política, no solo económica.
Lo interesante es que sí hay indicios. En los informes geológicos realizados por empresas de exploración minera, se han detectado concentraciones anómalas de oro asociadas a formaciones de cuarzo y pizarras paleozoicas, especialmente en zonas como el sur de Badajoz. La presencia de sulfuros y arseniuros metálicos suele ir acompañada de trazas de oro en vetas muy profundas. A veces no son visibles a simple vista, pero las tecnologías modernas permiten identificar su existencia con alta precisión.
En una de las prospecciones recientes, los técnicos encontraron 3 gramos de oro por tonelada de roca en una zona concreta. Para que un yacimiento sea rentable, generalmente se considera suficiente a partir de 1,5 gramos por tonelada. ¿Es viable? Todavía es pronto, pero el dato ya ha despertado el interés de inversores y administraciones.
El impacto económico puede ser notable. Un yacimiento explotable generaría empleo directo en la mina, pero también empleo indirecto en transporte, mantenimiento, alimentación, formación, alojamiento y servicios auxiliares. En regiones con tasas de desempleo estructural como algunas comarcas extremeñas, esto puede suponer un antes y un después.
Según estimaciones conservadoras basadas en proyectos similares en Europa, una mina de oro mediana puede generar entre 300 y 500 empleos directos durante su vida útil (que puede superar los 15 años), y multiplicar por dos o tres esa cifra en empleos indirectos. Si el yacimiento es importante, como el de Salave en Asturias —con una inversión prevista de más de 100 millones de euros— el impacto puede ser aún mayor.
Y más allá del empleo, está la inversión. Solo la fase de exploración ya moviliza millones de euros en tecnología, análisis y permisos. Las infraestructuras, las mejoras de acceso y los desarrollos logísticos también quedan como legado en las zonas rurales, muchas veces olvidadas.
Extremadura se asoma a una nueva fiebre del oro. No con picos y palas, sino con drones, sensores y fondos europeos. El subsuelo habla, y muchos ya están escuchando.